Reflexiones sobre el caso catalán

Hay múltiples versiones sobre lo que está sucediendo en Cataluña. Mientras los medios de comunicación españoles y catalanes ofrecen sus respectivas versiones, la prensa internacional se hace eco de los eventos con mayor o menor rigor.

Vivimos en un mundo totalmente distópico. La realidad catalana lo demuestra. Mientras algunos en el gobierno español niegan que haya habido referéndum y afirman que los catalanes están atacando a la policía (¿?), algunos en el lado secesionista se aferran a la idea de que este referéndum es válido y que si gana el sí se puede declarar la independencia en 48 horas (digo algunos en ambos casos porque realmente quiero creer que queda gente con dos dedos de frente en todos bandos, aunque se mantengan escondidos).

En teoría del juego este sería un caso de no ganadores o de “lose-lose situation”. No tenía por qué serlo, pero la ineptitud de los líderes políticos nos ha hecho llegar a este extremo. No cabe duda de que el gobierno español tiene la ley de su lado, aunque quizás no la legitimidad. Operamos en un ordenamiento jurídico que – acordémonos – puede y debería ser cambiado según evoluciona la sociedad. No se puede negar que el gobierno catalán ha transgredido ese marco legal.

El Gobierno Catalán tenía la superioridad moral. Al principio, querían negociar (2012), y cuando el gobierno español se negó a dialogar, querían votar. Siempre, sin excepciones, el gobierno catalán ha rechazado el uso de la fuerza.

Cuando el gobierno catalán decidió saltarse leyes españolas y reglamentos catalanes, y cuando el lado independentista acosa e insulta a aquellos que osan cuestionar las garantías del referéndum, los independentistas pierden la superioridad moral, la legitimidad.

El gobierno español, no obstante, se ha superado con creces y ha transgredido varias líneas rojas. Nos ha llevado a un mundo completamente Orwelliano. Mientras representantes del gobierno español niegan que se ha celebrado un referéndum, el gobierno central llama a hacer uso de la fuerza contra los que intentan votar. Repito: fuerza en contra de una papeleta.

Que las instituciones españolas se han ido deteriorando a un paso alarmante parece incuestionable (si eran sólidas y legitimas en primer lugar, es una cuestión que felizmente podemos discutir otro día), pero lo que se ha visto en los últimos diez días – detenciones de opositores políticos, violencia por votar, y cantos que devuelven recuerdos de los momentos más oscuros de la dictadura – es devastador. Lo que no es, es sorprendente.

El sr. Rajoy tenía hoy una oportunidad única. No quiso negociar en su momento, no ha querido oír a hablar de secesión o referéndum. En España, todos esperábamos esta respuesta. Por lo tanto, tenía la capacidad de sorprendernos: se podría haber mantenido dentro del marco de la ley evitando ciertas prácticas y permitiendo una votación en la que seguramente habría ganado el no y que habría sido nula (por extra-legal). Nos habría sorprendido a muchas y calmado a una comunidad internacional que empieza a mirarnos con preocupación. Por desgracia, escogió no sorprendernos. Rajoy lo mejor que podría hacer es dimitir y convocar elecciones generales. Nada, ni siquiera violar leyes sobre referéndums en cumplimiento de la constitución (ja!) justifica la violencia.

No sé cómo va a acabar todo esto. Lo que sé es que hemos embarcado en un camino que quizás no tenga retorno. Quizás es lo mejor. Quizás esto marque el inicio de la desaparición de una democracia frágil para construir una más sólida. Quizás esto nos recuerde que los problemas políticos necesitan soluciones políticas. Que el poder judicial no debería meterse en política. Que la separación de poderes era una gran idea (lo es). Quizás abra las puertas a un dialogo que permita reescribir la constitución y permita a las leyes servir su mayor propósito – avanzar la sociedad hacia un tipo ideal, no reprimir la disidencia. Son muchos quizás, y mientras esperamos respuestas, mi corazón llora ante las imágenes de policías atacando a civiles inocentes.

Eso sí, catalanes y españoles tenemos algo en común: nuestro sentido del humor. Solo en España (vale, y quizás en Italia y Macondo) se hospedaría a la policía en barcos de los Looney Tunes.

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Eso es todo amigos!

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